lunes, 2 de marzo de 2026

 


Incensurable

Luna Miguel

Lumen, 2025

225 páginas

 

 

«Leer mata», avisaba Luna Miguel en un libro anterior a este que hoy desentrañamos. Leer mata, vale. Leer, también, enloquece. Vean si no a Alonso Quijano, o a Madame Bovary. Leer mata, además de un aviso, es el título del libro que Luna Miguel publicó en 2022 en La Caja Books. Aquel libro, el primero que leía de la autora, me ha traído a este Incensurable. Si aquel era un librito compacto sobre los efectos de la lectura, este es un libro expandido sobre las posiciones de ciertos lectores ante los textos. Lo incensurable es, propiamente, la lectura.

Toda lectura es válida y toda lectura ha de ser arriesgada. Leer es una actividad de riesgo. Lo dice así la autora: «Leer, casi tanto como escribir, significa asumir riesgos.» Y más adelante nos presenta una magnífica metáfora, la de que «leer, casi tanto como escribir, significa poner el cuerpo». Y esto me ha recordado aquello de que hablaba Michel Leiris sobre que el escritor ha de introducir «la sombra de un cuerno de toro en la obra literaria».

Similar riesgo ha de tomar lector y lectora ante la obra literaria que quiera abordar. En Incensurable el riesgo es evidente. Lo toma la autora y lo asume, también, la protagonista, Lectrice Santos, que nos trae/lleva de la mano por el texto hacia el dramático final. Su dramático final. No hace mucho leí un libro de Kate Zambreno en el que decía estar convencida de que «ser lector es un proyecto mucho más ético» que ser un mero autor. En Incensurable, Luna Miguel parece confirmar tal afirmación, al otorgar el protagonismo a una lectora vital.

Hacer la lectura/relectura de Lolita, ese libro de Vladimir Nabokov tan comentado y quizá tan mal leído es uno de tantos aciertos del texto de Luna Miguel. Hablar de un libro que, en tiempos de cancelación, sería anatema para tantos canceladores. Este es el cuerno de toro del que hablaba Leiris. Porque leer bien es, también, acercarse a textos incómodos o que, de primeras, nos repelen. El lector puede ser un artista. Lo dijo Oscar Wilde con aquello de que el crítico sería el artista del futuro. Y yo siempre entendí que el artista del que hablaba Wilde eran los lectores y lectoras por venir.

Nabokov pensaba igual al considerar, como recordaba su mujer Vera, que un buen lector es un artista. «Ni un detective ni un filólogo moralista, sino alguien capaz de hacer arte con su manera de pasear los ojos por la página». Es algo de lo que Borges achacaba a cierto lector que antepone la estructura a la emoción. Lo dijo en su texto La supersticiosa ética del lector. Hay lectores que no se fijan en «la eficacia del mecanismo» y se detienen vacuamente en la charlatanería de las formas.

La eficacia del mecanismo que pone en marcha Luna Miguel en su libro promueve un lector vinculado con la emoción. Y este es otro de los aciertos de Luna Miguel. El modo en que hace la relectura de Lolita. Relee el libro desde la emoción de lectora total. Su lectrice/lectora somatiza la lectura, se la bebe, se embriaga de texto (y sí, también de alcohol) hasta perder el juicio (que no el buen juicio) de lectora artista.

Pero volvamos al principio. Al principio del libro. ¿Es este una novela? ¿Es un texto de crítica? Pues todo y nada de eso. El recurso de que Lectrice Santos se presente para darnos una charla sobre la censurada Lolita convierte al libro en una explosión de brillante literatura performativa. Como tantas de las asistentes iniciales a la censurada conferencia de Santos, habrá lectoras de Incensurable que se descuelguen por el espanto de acercarse a un texto como Lolita. «A veces censurar significa no escuchar lo que la otra tiene que decirnos». Aquellos que se mantengan serán recompensados.

El modo conferencia en que Luna Miguel propone que su Lectrice nos provea de las claves de lectura del texto de Nabokov hace que la historia fluya como un chute en vena. La peripecia del acoso de las canceladoras, la escapada a la casa de la conferenciante, las trasposiciones temporales, los relatos referenciales, las citas… Todo ese artefacto prodigiosamente erigido por la autora convierte Incensurable en una fiesta (¿orgía?) para el lector.

Y es que este libro, sí, habla y trata de Dolores Haze y del paroxismo de Humbert Humbert. Y de Nabokov, autor prodigioso y, a la vez, repelente/contundente. Sin embargo, no habla tan sólo de eso. Lo que hace de Incensurable una propuesta con aires de permanencia en la constelación literaria en español es que promociona una forma de leer, un modo de posicionarse ante textos incómodos.

En apariencia el libro de Luna Miguel está destinado a los incondicionales lectores del autor ruso/norteamericano, entre los que, confieso, me incluyo, pero no es tan así, pues la escritora trasciende lo meramente hermenéutico y textual. Hay en Incensurable una virtualidad compleja que duplica esa «eficacia del mecanismo» de que hablaba Borges. Y quien no haya leído Lolita deseará leerlo tras embarcarse en la peripecia de la Lectrice/Luna que nos invita a quedarnos con ella (s) en su lecho caliente. «¿Me van a dejar sola o quieren esperar al amanecer leyendo en mi cama?», pregunta Lectrice Santos al final de la conferencia.

Sí, nos quedamos, diremos la mayoría de las lectoras (y lectores). Leer mata, leer embriaga. «Una de las cosas más absorbentes que tiene la lectura sobre la lectura es que no se puede pensar en otra cosa que no sea la lectura», escribió Luna Miguel en otro libro. Pues eso, no piensen en otra cosa ¿para qué?


 


Derivas

Kate Zambreno

La Uña rota, 2025

316 páginas

 

Afirmar que Derivas es un libro de autoficción resultaría de lo más sencillo. El término se ha devaluado tanto que su alcance ha perdido toda solvencia. Sí sería más acertado o afinado, en todo caso, decir que Kate Zambreno ha escrito un libro “con autoficción”. ¿No es lo mismo?, se preguntarán ustedes. Definitivamente no. Porque en el texto de Zambreno se amalgaman diversos géneros o estilos. Es crónica, es diario, son notas en cuadernos, son fragmentos de correos con amigas. En este libro nos daremos de bruces con la multiplicidad narrativa.

Zambreno se dispersa, sí. Pero es que ese es el objetivo. Lo dice la autora: «Vi que por fin lograba leer y, con la lectura, escribir un poco, y mientras caminaba entre el fuego otoñal de los árboles de la colina que hay de camino al campus, permití que la mente divagara, escribiendo así de algún modo».

Tal dispersión es lo nutricio en el libro, una multiplicidad de caminos, de desvíos. La escritura es divagación, pérdida del horizonte. Añade la autora que «cuando me siento a escribir, empiezo a desviarme hacia otro pensamiento completamente distinto”.

La autora no engaña. Ya desde el título del libro (Drifts en el original inglés) nos da la clave para la interpretación, como una brújula desimantada, una brújula que nos perderá más que conducirnos por senderos seguros.

La polisemia de drifts es avasalladora. Significa, sí, derivas, pero también ir a la deriva, desvío, vagar, amontonar algo, derrapar con el vehículo. Entonces ¿a qué nos atenemos con Zambreno? Cuando leemos el libro, a todo. La autora vaga y divaga, se desvía hacia otros autores que ejercen la fuerza de atractores entrópicos. La autora amontona los asuntos: sus cuitas domésticas, sus problemas económicos, su dificultad para escribir. Y los vacíos. Dice la narradora: «Me queda más claro que la narración que me interesa trata más de los agujeros que de lo que está relleno”.

Por ahí cita a Camus que, a su vez cita a Marco Aurelio y afirma que «lo que impide que un libro se escriba se convierte en el propio libro”.  No arriesgaremos a decir que Zambreno sufre el mal de la escritura, de los que han dejado de escribir o no pueden. Pasa rozando (¿derrapando?), eso sí, por esa curva cuando menciona a Walser y lo que de él escribió Enrique Vila-Matas en su Bartleby y compañía: «Walser quería ser un cero a la izquierda y la vanidad que amaba era una vanidad como la de Fernando Pessoa, que en cierta ocasión, al arrojar al suelo el papel de plata que envolvía una chocolatina, dijo que así, que, de aquella forma, había tirado él la vida». Y la autora, ahí, se pregunta si sufre ella misma «esa parálisis que describe, ese “síndrome de Bartleby».

La autora derrapa, se desvía y sigue. Sigue porque tiene donde agarrarse. Ese asidero —efecto que desmonta lo de la autoficción— es la multitud de autores de los que trata. Son asideros y son bifurcaciones en ese deambular. Por ahí se agarra a Rilke, a Walser, Wittgenstein, Joseph Cornell, Pessoa, Kafka a los que apela por su «fascinación por los solteros que tomaban notas». Sí, sabemos que Rilke estuvo casado, pero como si no.

«Los solteros que tomaban notas», qué ingeniosa Zambreno. Pero es que ella misma es una especie de no-soltera que no para de tomar notas. «Una de las notas que tomo esa primavera: “vaguedades”. Otra: “señales”».

Qué hace, si no, Zambreno que seguir señales y hacernos señales para que la sigamos sin rumbo. En esa construcción entrópica, de aparente (fingido) desorden, la autora —la narradora— ordena el caos, el sagrado caos y toma bifurcaciones sin razón aparente. Es que, como ha dicho Ernst Jünger «lo que el arte tiene son horizontes, no un horizonte», o María Negroni apunta que «si hay adónde ir, no hay escritura».

Lo que propone Kate Zambreno en su Derivas es más, como vamos viendo, que una simple autoficción. Es reinventar, a su modo, una narratividad manida, ordenada, ecléctica, lineal y transformarla en presente escritural. Y sí, amontona (otra acepción de drifts). Amontona autores: Virgina Woolf, Marguerite Duras, Barthes, David Markson, los dibujos de Durero. Todos ellos (ellas) son como boyas que el lector va encontrando en ese ir a la deriva. A ellos se agarra el lector y respira, toma impulso y se deja arrastrar por la corriente.

Y amontona, acopia, conexiones. Como esos paseos por Grand Central que la hacen recordar los paseos de Sebald en su libro Vértigo. O la crónica de las vicisitudes de Rilke que hacen a la autora afiliarse al poeta austriaco desde principio a fin del libro.

«Derivas es mi fantasía de escribir unas memorias sobre la nada. Deseo vaciarme de lo personal. No delatarme», dice la autora en mensaje a su amiga Anna.

En fin, ¿qué es Derivas? Quizá la mejor definición la da la autora en uno de los epígrafes, citando una nota de Twitter de su amiga Sofia Samatar: «una obra que se intuye inacabada, escasa, relatos sobre la indisposición y la enfermedad, libros que te revuelven, diarios, susurros y notas».

Así es.


  Incensurable Luna Miguel Lumen, 2025 225 páginas     «Leer mata», avisaba Luna Miguel en un libro anterior a este que hoy dese...