Macabea: la
inocencia como destino.
«La persona de la que voy a hablar es
tan tonta que a veces les sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su
sonrisa porque ni siquiera la miran.»
Quien dice
esto no es Lispector. O sí. Pero no. Lispector se inventa (se oculta) en un
narrador. Quien nos cuenta la historia de la nordestina es un tal Rodrigo S.M.
¿Por qué la autora necesita otro narrador que ella misma? Existen dos opciones:
que el narrador “tenga” que ser un hombre por alguna razón o que Lispector sea
(quiera ser) la propia Macabea. Y ambas opciones ocurren a un tiempo.
La hora de
la estrella fue la última novela publicada por Clarice Lispector antes de
morir en 1977. La autora falleció meses después de cáncer en un hospital de Río
de Janeiro. Es decir, la historia de Macabea la escribió Lispector cuando
conocía su fatal destino. Entonces, ¿podría ser que la autora quisiera verse
reflejada en la joven nordestina? Como la protagonista, Lispector era del
nordeste de Brasil. Si ella pretendía “verse” en la joven ingenua, no es
descabellado este recurso de crear un narrador que cuenta la historia.
También se
podría entender, entonces, que este narrador de ficción sea un hombre. El
narrador ama a Macabea. Y es que este punto de vista es crucial en el relato.
La palabra
tonta (tola en el original) se repite cinco veces, cuatro ellas
referidas a Macabea de forma descriptiva por parte del narrador.
El narrador
suele usar dos palabras para hablar de la protagonista. Bien la llama «Macabea»
o la «muchacha».
«Era tan insignificante como una
idiota, sólo que no lo era. No sabía que era desventurada. Era porque tenía fe.
¿En qué? En ustedes, pero no es necesario tener fe en alguien o en algo, basta
con tener fe. Eso a veces le daba un estado de gracia. Nunca había perdido la
fe.»
«Ni de lejos era
una débil mental, iba a la deriva y creyente como una idiota.»
«No se trataba
de una idiota, pero tenía la felicidad pura de los idiotas.»[1]
Macabea,
protagonista absoluta y casi ausente de La hora de la estrella, es una
figura cuya potencia literaria reside justamente en aquello que le falta.
Clarice Lispector construye a la muchacha nordestina como una presencia
desapercibida, “levemente como una idiota, sólo que no lo era”, moldeada por
una vida sin herramientas, sin lenguaje propio, sin conciencia de sí. Su
idiotez no es discapacidad ni contenido peyorativo: es una categoría poética y
moral. Macabea encarna una humildad radical, una bondad sin cálculo y una
inocencia sin defensa. Es un personaje sin trampa, sin ironía, sin doble fondo,
hecho de una desnudez ontológica.
El narrador
habla de Macabea como de alguien para quien la identidad es un traje demasiado
grande. No ha renunciado al deseo: es que “no sabe que se puede desear”. “Hay los que tienen. Y hay los que no tienen.
Es muy simple: la muchacha no tenía. ¿No tenía qué? No es más que eso mismo: no
tenía”.
Esta frase resume
el concepto de todo el relato: el no tener se vuelve ser. Y el (sólo) ser es la
condición del (la) idiota.
Cuando se mira
al espejo, no lo hace desde la vanidad, sino desde el descubrimiento de ser,
por fin, una. En uno de los momentos más significativos: “En el servicio de la
oficina se pintó la boca y hasta fuera del contorno… Después de pintarse se
quedó mirando en el espejo la imagen que a su vez la miraba espantada”.
No se maquilla
para gustar, sino para existir. El espejo le confirma, por un instante, que hay
alguien allí. Pero no se reconoce.
La bondad de
Macabea es resultado de su falta de “habilidad de ser hábil”: Esa incompetencia
no la vuelve violenta ni resentida. Cuando su jefe la despide, lejos de
protestar, responde: “Discúlpeme por la molestia”, como un acto de cortesía
dirigido al verdugo.
La escena con
Gloria es paradigmática. Después de que el mundo se ríe de ella por pintarse
los labios, Gloria pregunta: “¿Ser fea duele?” y Macabea responde: “Nunca pensé
en eso, creo que un poquito duele”.
Ni siquiera la
malvada pregunta le hace responder con una defensa sino desde la ignorancia
iluminada, en la que lo literal es la realidad.
Otra dimensión
de la idiotez de Macabea es la ausencia total de maldad. Si bien el narrador
insinúa que es “como una idiota”, aclara de inmediato: “no sabía que era
desventurada. Era porque tenía fe”. Al narrador, esto le revuelve, le enfada.
Siente que esa chica debiera reaccionar. Se pregunta: «¿Por qué no reacciona
ella? ¿Dónde está su fibra? No tiene, es dulce y obediente.»
Porque su
experiencia del mundo es sensorial, no conceptual. Cuando siente dolor —Gloria
le pregunta por tanta aspirina que toma— lo expresa como puede: “Es para no
sentir el dolor…Siempre tengo dolores…dentro, no sé explicarme”.
Ese “adentro”
resume su tragedia: algo le duele, pero no sabe nombrarlo. Siente antes de
comprender. La phisis antes que el logos. Vive antes de
explicarse. Y cuando no puede explicarse, guarda silencio.
Nos acercamos
al final de la historia y personalmente cedería aquí la voz al narrador, ese
Rodrigo S.M tras cuya máscara (persona) se oculta Lispector. El desenlace es
turbador, con esa mezcla de misericordia y frialdad narrativa con que el autor
describe los últimos minutos de existencia de la nordestina. Pero sería muy
larga la cita, la compondrían decenas de líneas. No me extenderé, por tanto, en
la cita de la novela. Pero vean qué maravilla:
«Tan viva estaba que se movió con
lentitud y acomodó el cuerpo en posición fetal. Grotesca como había sido
siempre. Aquella resistencia a ceder, pero esa voluntad de un gran abrazo. Se
abrazaba a sí misma con deseos de una dulce nada. Era una maldita y no lo
sabía. Se agarraba a un hilillo de conciencia y se repetía mentalmente sin
cesar: yo soy, yo soy, yo soy. Quién era es lo que no sabía. En su propio,
hondo y negro núcleo había ido a buscar el soplo de vida que Dios nos da.»
La culminación
de la historia es una epifanía macabra: la muerte como único acontecimiento
estelar. Pareciera que el narrador (la autora) disfrutan con el final de
Macabea, lo degustan, lo disfrutan, pero como si les ocurriera a ellos (a
ella). Parece que narrador/autora están prefigurando su propia muerte. Así
queremos morir nosotros.
El destino que
la narración le otorga a la nordestina idiota—ser atropellada justo después que
la nigromante le hubiera dicho que iba a cambiar— irrumpe como sarcasmo del
universo. Y, sin embargo, su última frase no es reproche sino promesa: “En
cuanto al futuro”.
Su agonía se
describe con un lirismo formidable, pero que desfigura lo patético. Como si la
muerte fuera lo normal para este personaje. Macabea «quería vomitar lo que no
es cuerpo, algo luminoso. Una estrella de mil puntas»
La muerte es la
hora de la estrella. Su única aparición pública. Su coronación cruel:
“Finalmente, la coronación.”
La idiota que
no sabía que era infeliz y que no sabía que deseaba muere justo cuando imagina
un futuro.
Macabea es la idiota
luminosa: la que sobrevive sin comprender, la que ama sin medir, la que muere
sin reclamar. Su tragedia no es morir atropellada, sino haber vivido siempre un
poco a un costado del mundo, siendo menos que otros, pero nunca menos que ella
misma. Sólo imagina un futuro cuando ya ni lo hay.
Clarice
Lispector convierte a una dactilógrafa anónima y boba en un acontecimiento
literario: la protagonista que desarma al lenguaje al no dominarlo. Y nos
recuerda que, en un mundo de ruido, ambición y pretenciosidad, hay vidas
silenciosas que nunca aprendieron a defenderse, pero que, por un instante,
alcanzan también su hora de la estrella.
Nos vamos con María
Zambrano, que lo ha expresado con luminosa clarividencia: «Algo ha caído en lo
hondo del alma del idiota, en ese su centro y en esas sus oquedades, lugares de
la palabra, haciéndose su dueño. Un silencio sin duda: el silencio que
desciende desde los remotos cielos. El silencio que priva y suspende y que es
como un lazo que fija en la inquietud al ánimo y al entendimiento; que llena el
corazón como ninguna palabra o música.»












