Nota previa
He de confesar que desde la
primera lectura de Canon de cámara oscura intuí que la escena nuclear
del libro, aquella secuencia de biblioteca, ventanal y gabinete conectaba con
las escenografías narradas por Roussel en su libro Locus Solus.
Comoquiera que lecturas posteriores han venido a reafirmar aquella intuición
inicial me he permitido ubicar a Vidal Escabia en la villa de Montmorency. El
resultado es el texto que sigue.
Para evitar todo atisbo de
ilicitud, declaro que el relato ha sido compuesto casi en su totalidad con los
ladrillos (párrafos, fragmentos, frases) de ambos edificios ajenos y que quien
esto escribe apenas ha añadido una mínima argamasa que mantuviera la insólita
construcción en pie. También consigno haber solicitado la autorización de uso a
sus genuinos autores y que, por el momento sólo el señor Enrique Vila-Matas ha
dado su aquiescencia al hurto de su personaje. En espera de la respuesta de Monsieur
Raymond Roussel me arriesgo a hacer público el texto. Sea.
Vidal Escabia visita Locus Solus
Aquel jueves
de comienzos de abril, mi sabio amigo el maestro Martial Canterel me había
invitado a visitar, con otros de sus íntimos, el inmenso parque que rodeaba su
hermosa villa de Montmorency.
Locus Solus
—tal es el nombre de la propiedad— es un sereno retiro donde a Canterel le
gusta proseguir con toda calma espiritual sus múltiples y fecundos trabajos. En
ese lugar solitario se encuentra suficientemente al amparo de los ajetreos de
París, y puede no obstante trasladarse a la capital en un cuarto de hora cuando
sus investigaciones le exigen demorarse en cierta biblioteca especializada o
llega el momento de comunicar al mundo científico, en una conferencia
extraordinariamente concurrida, algún descubrimiento sensacional.
El
maestro nos había convocado a primera hora de la mañana, casi al amanecer,
cuando aún el sol se demoraba en aparecer tras el límpido horizonte. Lo que
íbamos a contemplar, nos dijo Canterel iniciando el paseo, necesitaba de esta
matinal hora pues se trataba de un metier á aubes, un oficio de
madrugadas, un acto diario que requería de la luz tibia del despertar.
Siguiendo a
Canterel llegamos al final de una explanada y, atravesando un césped tupido,
bajamos por una recta avenida de arena amarilla en suave declive que,
volviéndose paulatinamente horizontal, de pronto se ensanchaba para rodear,
como un río rodea una isla, una alta y gigantesca jaula de cristal que cubría
en rectángulo de acaso diez metros por cuarenta.
Llegados ante
la instalación, Canterel, guiándonos con la mirada, giró hacia la derecha y,
tras haber doblado la esquina del frágil edificio, se detuvo. Lo que se ofrecía
a la vista a menos de un metro detrás de la vidrieras, aislada y con base en el
suelo mismo, era una especie de habitación cuadrada de diez metros de largo por
cinco de ancho que se conectaba mediante un pasillo con un ventanal y, al lado
izquierdo, con otro cuarto del que, por nuestra específica posición, no
podíamos divisar su interior.
Entonces el
maestro nos señaló con el dedo el primer receptáculo que se mostraba a nuestra
vista de un modo difuminado y lánguido. Preguntado por tal efecto Canterel nos
explicó que aquel recinto era un cuarto oscuro donde, a modo de biblioteca, se
disponían cientos de libros al cobijo de la oscuridad. Nuestro anfitrión nos
hizo un gesto con la mano, como advirtiendo de que algo iba a ocurrir al
instante. En efecto, de pronto, sin haberlo divisado con anterioridad, pudimos
contemplar la entrada de un hombre en el cuarto oscuro.
Canterel nos
dijo que aquel individuo, cuyo nombre era Vidal Escabia era el propietario del
cuarto oscuro y un presunto androide de la clase Denver-7 que, por legado de su
mentor y dueño, Altobelli, había recibido aquella biblioteca de cámara oscura. Al
parecer, el androide con cuerpo humano, de la mano de Altobelli había aprendido
a leer y, a través de los libros, había ido entrando en contacto con otras
conciencias.
Aquel cuarto,
a pesar de que en el exterior el sol iluminaba nuestra posición, se mantenía en
penumbra a ojos del androide Escabia mediante un sistema de refracción de la
luz sobre las paredes de cristal de la estancia diseñado por Canterel.
Luego el
maestro calló y señaló de nuevo hacia la posición del tal Escabia, que ya había
iniciado su maniobra matinal (su oficio de madrugadas). El hombre (o supuesto
androide), moviéndose con lentitud dentro del cuarto oscuro, levantó el brazo derecho
y eligió sin mirarlo, un libro del estante más cercano. Como la penumbra dentro
del cuarto matizaba la imagen, los del exterior no podíamos ver con nitidez de
qué libro se trataba.
Con el libro
en la mano, Vidal Escabia, a paso lento salió del cuarto mal iluminado y
comenzó a recorrer el pasillo que conectaba con el ventanal. Fue entonces
cuando Canterel, con un gesto decidido, nos indicó que nos moviéramos hacia la
parte derecha de la instalación con el fin de contemplar mejor la acción del
ejecutante Escabia.
Llegado junto
al ventanal, el androide abrió el libro que había trasladado de la cámara
oscura hasta el ventanal e, iluminado por la luz exterior, comenzó a hojearlo.
Canterel, casi en un susurro para no turbar el proceso, nos explicó que Escabia
no hacía sino cumplir las directrices de su mentor Altobelli cuando, antes de
desaparecer, le pidió a aquel que aligerase lo máximo la biblioteca que
recibiría y seleccionara de ella sus libros predilectos y los colocara en un
cuarto mal iluminado de su casa para que algunos de ellos llegaran a constituir
un muy subjetivo Canon intempestivo.
Ante la
pregunta de alguno de los invitados, Canterel explicó qué era aquello de un Canon
intempestivo. Nos dijo que el propio Altobelli, amigo suyo en época de
juventud consideraba que lo importante de un Canon es la idea de ir
construyéndolo y, con el tiempo, haberlo llevado a cabo. Luego añadió Canterel
que Vidal Escabia había aceptado la misión de construir aquel Canon ligeramente
inactual, pero más esquinado que el que hacen todos.
Mientras
nuestro anfitrión nos decía aquello en un susurro discreto, el supuesto androide,
una vez elegido el fragmento del libro, se dio la vuelta y se separó del
ventanal luminoso. Canterel, con el fin de que los invitados contempláramos el
proceso de forma discreta, nos indicó que nos desplazáramos rodeando la
instalación para colocarnos frente a la estancia a la que se dirigía Escabia
con el libro en la mano.
Se trataba de
un gabinete en el que se disponía una silla giratoria sobre una alfombra bajo
la cual se adivinada un suelo de parquet desgastado. Allí había llegado Escabia
desde el ventanal y se sentó con el libro frente a sí. Canterel nos dijo que
Vidal se disponía a crear una ficha con el fragmento elegido del libro que iría
al archivo del Canon.
Entonces
Canterel añadió un comentario sobre los fragmentos, como si interpretara la
pulsión de Escabia o recordara sus valiosas conversaciones con el amigo
Altobelli. Los fragmentos, dijo Canterel, no son, como tanto se cree, una parte
más del todo, sino una parte importantísima del todo. Por eso tienen que tener
la potencia suficiente como para que podamos abrir un libro por cualquier
página y leer sin necesidad de saber qué ha sucedido antes o pasará después.
El maestro
prefería, nos dijo, a los que nos dicen que, frente a las tesis del clasicismo
sobre la unidad de la cultura, y de la civilización, lo que nos queda a
nosotros es el fragmento, que se multiplica; el fragmento que actúa como
revulsivo contra toda positivización de los lenguajes artísticos…, luego quedó
callado y, con otro gesto decidido, dirigió nuestra mirada hacia Escabia dentro
del gabinete.
Lo que pudimos
observar no tenía una explicación racional. Mientras Escabia trabajaba en su
ficha del Canon oscuro e intempestivo, algo se movió en el centro del gabinete.
Mediante una especie de resorte mecánico, se abrió un agujero bajo la alfombra
de modo que un espacio hueco parecía solicitar que el ejecutante Escabia se
deslizara hacia el subsuelo. Se habría dicho que ante él se abría una
sepultura, un hueco, una excavación que lo esperara para convertirlo en
ocupante de aquel refugio mínimo.
Por el gesto
de cabeza que hizo Escabia inferimos que escuchaba algo que nosotros, por
lejanía o falta de resonancia, no podíamos detectar. Fue Canterel quien nos
confirmó que el supuesto androide, en aquella fase de su proceso de cuarto
oscuro, recibía la voz de un entrometido ocupante que se hacía pasar por el
Auctor legítimo.
Llegados a este
punto, Canterel nos invitó a retirarnos de la visión de la cámara oscura cuyo
proceso de biblioteca, ventanal y gabinete, como bien nos indicó, se repetía
cada mañana al alba de un nuevo día.
Y con esto, el
grupo nos alejamos siguiendo al maestro camino de la casa, en donde pronto nos
reunió a todos una alegre comida.


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