jueves, 15 de enero de 2026

 





Nota previa

He de confesar que desde la primera lectura de Canon de cámara oscura intuí que la escena nuclear del libro, aquella secuencia de biblioteca, ventanal y gabinete conectaba con las escenografías narradas por Roussel en su libro Locus Solus. Comoquiera que lecturas posteriores han venido a reafirmar aquella intuición inicial me he permitido ubicar a Vidal Escabia en la villa de Montmorency. El resultado es el texto que sigue.

Para evitar todo atisbo de ilicitud, declaro que el relato ha sido compuesto casi en su totalidad con los ladrillos (párrafos, fragmentos, frases) de ambos edificios ajenos y que quien esto escribe apenas ha añadido una mínima argamasa que mantuviera la insólita construcción en pie. También consigno haber solicitado la autorización de uso a sus genuinos autores y que, por el momento sólo el señor Enrique Vila-Matas ha dado su aquiescencia al hurto de su personaje. En espera de la respuesta de Monsieur Raymond Roussel me arriesgo a hacer público el texto. Sea.

 

Vidal Escabia visita Locus Solus

 

Aquel jueves de comienzos de abril, mi sabio amigo el maestro Martial Canterel me había invitado a visitar, con otros de sus íntimos, el inmenso parque que rodeaba su hermosa villa de Montmorency.

Locus Solus —tal es el nombre de la propiedad— es un sereno retiro donde a Canterel le gusta proseguir con toda calma espiritual sus múltiples y fecundos trabajos. En ese lugar solitario se encuentra suficientemente al amparo de los ajetreos de París, y puede no obstante trasladarse a la capital en un cuarto de hora cuando sus investigaciones le exigen demorarse en cierta biblioteca especializada o llega el momento de comunicar al mundo científico, en una conferencia extraordinariamente concurrida, algún descubrimiento sensacional.

                El maestro nos había convocado a primera hora de la mañana, casi al amanecer, cuando aún el sol se demoraba en aparecer tras el límpido horizonte. Lo que íbamos a contemplar, nos dijo Canterel iniciando el paseo, necesitaba de esta matinal hora pues se trataba de un metier á aubes, un oficio de madrugadas, un acto diario que requería de la luz tibia del despertar.

Siguiendo a Canterel llegamos al final de una explanada y, atravesando un césped tupido, bajamos por una recta avenida de arena amarilla en suave declive que, volviéndose paulatinamente horizontal, de pronto se ensanchaba para rodear, como un río rodea una isla, una alta y gigantesca jaula de cristal que cubría en rectángulo de acaso diez metros por cuarenta.

Llegados ante la instalación, Canterel, guiándonos con la mirada, giró hacia la derecha y, tras haber doblado la esquina del frágil edificio, se detuvo. Lo que se ofrecía a la vista a menos de un metro detrás de la vidrieras, aislada y con base en el suelo mismo, era una especie de habitación cuadrada de diez metros de largo por cinco de ancho que se conectaba mediante un pasillo con un ventanal y, al lado izquierdo, con otro cuarto del que, por nuestra específica posición, no podíamos divisar su interior.

Entonces el maestro nos señaló con el dedo el primer receptáculo que se mostraba a nuestra vista de un modo difuminado y lánguido. Preguntado por tal efecto Canterel nos explicó que aquel recinto era un cuarto oscuro donde, a modo de biblioteca, se disponían cientos de libros al cobijo de la oscuridad. Nuestro anfitrión nos hizo un gesto con la mano, como advirtiendo de que algo iba a ocurrir al instante. En efecto, de pronto, sin haberlo divisado con anterioridad, pudimos contemplar la entrada de un hombre en el cuarto oscuro.

Canterel nos dijo que aquel individuo, cuyo nombre era Vidal Escabia era el propietario del cuarto oscuro y un presunto androide de la clase Denver-7 que, por legado de su mentor y dueño, Altobelli, había recibido aquella biblioteca de cámara oscura. Al parecer, el androide con cuerpo humano, de la mano de Altobelli había aprendido a leer y, a través de los libros, había ido entrando en contacto con otras conciencias.

 

Aquel cuarto, a pesar de que en el exterior el sol iluminaba nuestra posición, se mantenía en penumbra a ojos del androide Escabia mediante un sistema de refracción de la luz sobre las paredes de cristal de la estancia diseñado por Canterel.

Luego el maestro calló y señaló de nuevo hacia la posición del tal Escabia, que ya había iniciado su maniobra matinal (su oficio de madrugadas). El hombre (o supuesto androide), moviéndose con lentitud dentro del cuarto oscuro, levantó el brazo derecho y eligió sin mirarlo, un libro del estante más cercano. Como la penumbra dentro del cuarto matizaba la imagen, los del exterior no podíamos ver con nitidez de qué libro se trataba.

Con el libro en la mano, Vidal Escabia, a paso lento salió del cuarto mal iluminado y comenzó a recorrer el pasillo que conectaba con el ventanal. Fue entonces cuando Canterel, con un gesto decidido, nos indicó que nos moviéramos hacia la parte derecha de la instalación con el fin de contemplar mejor la acción del ejecutante Escabia.

Llegado junto al ventanal, el androide abrió el libro que había trasladado de la cámara oscura hasta el ventanal e, iluminado por la luz exterior, comenzó a hojearlo. Canterel, casi en un susurro para no turbar el proceso, nos explicó que Escabia no hacía sino cumplir las directrices de su mentor Altobelli cuando, antes de desaparecer, le pidió a aquel que aligerase lo máximo la biblioteca que recibiría y seleccionara de ella sus libros predilectos y los colocara en un cuarto mal iluminado de su casa para que algunos de ellos llegaran a constituir un muy subjetivo Canon intempestivo.

Ante la pregunta de alguno de los invitados, Canterel explicó qué era aquello de un Canon intempestivo. Nos dijo que el propio Altobelli, amigo suyo en época de juventud consideraba que lo importante de un Canon es la idea de ir construyéndolo y, con el tiempo, haberlo llevado a cabo. Luego añadió Canterel que Vidal Escabia había aceptado la misión de construir aquel Canon ligeramente inactual, pero más esquinado que el que hacen todos.

Mientras nuestro anfitrión nos decía aquello en un susurro discreto, el supuesto androide, una vez elegido el fragmento del libro, se dio la vuelta y se separó del ventanal luminoso. Canterel, con el fin de que los invitados contempláramos el proceso de forma discreta, nos indicó que nos desplazáramos rodeando la instalación para colocarnos frente a la estancia a la que se dirigía Escabia con el libro en la mano.

Se trataba de un gabinete en el que se disponía una silla giratoria sobre una alfombra bajo la cual se adivinada un suelo de parquet desgastado. Allí había llegado Escabia desde el ventanal y se sentó con el libro frente a sí. Canterel nos dijo que Vidal se disponía a crear una ficha con el fragmento elegido del libro que iría al archivo del Canon.

Entonces Canterel añadió un comentario sobre los fragmentos, como si interpretara la pulsión de Escabia o recordara sus valiosas conversaciones con el amigo Altobelli. Los fragmentos, dijo Canterel, no son, como tanto se cree, una parte más del todo, sino una parte importantísima del todo. Por eso tienen que tener la potencia suficiente como para que podamos abrir un libro por cualquier página y leer sin necesidad de saber qué ha sucedido antes o pasará después.

El maestro prefería, nos dijo, a los que nos dicen que, frente a las tesis del clasicismo sobre la unidad de la cultura, y de la civilización, lo que nos queda a nosotros es el fragmento, que se multiplica; el fragmento que actúa como revulsivo contra toda positivización de los lenguajes artísticos…, luego quedó callado y, con otro gesto decidido, dirigió nuestra mirada hacia Escabia dentro del gabinete.

Lo que pudimos observar no tenía una explicación racional. Mientras Escabia trabajaba en su ficha del Canon oscuro e intempestivo, algo se movió en el centro del gabinete. Mediante una especie de resorte mecánico, se abrió un agujero bajo la alfombra de modo que un espacio hueco parecía solicitar que el ejecutante Escabia se deslizara hacia el subsuelo. Se habría dicho que ante él se abría una sepultura, un hueco, una excavación que lo esperara para convertirlo en ocupante de aquel refugio mínimo.

Por el gesto de cabeza que hizo Escabia inferimos que escuchaba algo que nosotros, por lejanía o falta de resonancia, no podíamos detectar. Fue Canterel quien nos confirmó que el supuesto androide, en aquella fase de su proceso de cuarto oscuro, recibía la voz de un entrometido ocupante que se hacía pasar por el Auctor legítimo.

Llegados a este punto, Canterel nos invitó a retirarnos de la visión de la cámara oscura cuyo proceso de biblioteca, ventanal y gabinete, como bien nos indicó, se repetía cada mañana al alba de un nuevo día.

Y con esto, el grupo nos alejamos siguiendo al maestro camino de la casa, en donde pronto nos reunió a todos una alegre comida.


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