viernes, 17 de abril de 2026

 



Macabea: la inocencia como destino.

 

«La persona de la que voy a hablar es tan tonta que a veces les sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su sonrisa porque ni siquiera la miran.»

Quien dice esto no es Lispector. O sí. Pero no. Lispector se inventa (se oculta) en un narrador. Quien nos cuenta la historia de la nordestina es un tal Rodrigo S.M. ¿Por qué la autora necesita otro narrador que ella misma? Existen dos opciones: que el narrador “tenga” que ser un hombre por alguna razón o que Lispector sea (quiera ser) la propia Macabea. Y ambas opciones ocurren a un tiempo.

La hora de la estrella fue la última novela publicada por Clarice Lispector antes de morir en 1977. La autora falleció meses después de cáncer en un hospital de Río de Janeiro. Es decir, la historia de Macabea la escribió Lispector cuando conocía su fatal destino. Entonces, ¿podría ser que la autora quisiera verse reflejada en la joven nordestina? Como la protagonista, Lispector era del nordeste de Brasil. Si ella pretendía “verse” en la joven ingenua, no es descabellado este recurso de crear un narrador que cuenta la historia.

También se podría entender, entonces, que este narrador de ficción sea un hombre. El narrador ama a Macabea. Y es que este punto de vista es crucial en el relato.

La palabra tonta (tola en el original) se repite cinco veces, cuatro ellas referidas a Macabea de forma descriptiva por parte del narrador.

El narrador suele usar dos palabras para hablar de la protagonista. Bien la llama «Macabea» o la «muchacha».

«Era tan insignificante como una idiota, sólo que no lo era. No sabía que era desventurada. Era porque tenía fe. ¿En qué? En ustedes, pero no es necesario tener fe en alguien o en algo, basta con tener fe. Eso a veces le daba un estado de gracia. Nunca había perdido la fe.»

«Ni de lejos era una débil mental, iba a la deriva y creyente como una idiota.»

«No se trataba de una idiota, pero tenía la felicidad pura de los idiotas.»[1]

Macabea, protagonista absoluta y casi ausente de La hora de la estrella, es una figura cuya potencia literaria reside justamente en aquello que le falta. Clarice Lispector construye a la muchacha nordestina como una presencia desapercibida, “levemente como una idiota, sólo que no lo era”, moldeada por una vida sin herramientas, sin lenguaje propio, sin conciencia de sí. Su idiotez no es discapacidad ni contenido peyorativo: es una categoría poética y moral. Macabea encarna una humildad radical, una bondad sin cálculo y una inocencia sin defensa. Es un personaje sin trampa, sin ironía, sin doble fondo, hecho de una desnudez ontológica.

El narrador habla de Macabea como de alguien para quien la identidad es un traje demasiado grande. No ha renunciado al deseo: es que “no sabe que se puede desear”.  “Hay los que tienen. Y hay los que no tienen. Es muy simple: la muchacha no tenía. ¿No tenía qué? No es más que eso mismo: no tenía”.

Esta frase resume el concepto de todo el relato: el no tener se vuelve ser. Y el (sólo) ser es la condición del (la) idiota.

Cuando se mira al espejo, no lo hace desde la vanidad, sino desde el descubrimiento de ser, por fin, una. En uno de los momentos más significativos: “En el servicio de la oficina se pintó la boca y hasta fuera del contorno… Después de pintarse se quedó mirando en el espejo la imagen que a su vez la miraba espantada”.

No se maquilla para gustar, sino para existir. El espejo le confirma, por un instante, que hay alguien allí. Pero no se reconoce.

La bondad de Macabea es resultado de su falta de “habilidad de ser hábil”: Esa incompetencia no la vuelve violenta ni resentida. Cuando su jefe la despide, lejos de protestar, responde: “Discúlpeme por la molestia”, como un acto de cortesía dirigido al verdugo.

La escena con Gloria es paradigmática. Después de que el mundo se ríe de ella por pintarse los labios, Gloria pregunta: “¿Ser fea duele?” y Macabea responde: “Nunca pensé en eso, creo que un poquito duele”.

Ni siquiera la malvada pregunta le hace responder con una defensa sino desde la ignorancia iluminada, en la que lo literal es la realidad.

Otra dimensión de la idiotez de Macabea es la ausencia total de maldad. Si bien el narrador insinúa que es “como una idiota”, aclara de inmediato: “no sabía que era desventurada. Era porque tenía fe”. Al narrador, esto le revuelve, le enfada. Siente que esa chica debiera reaccionar. Se pregunta: «¿Por qué no reacciona ella? ¿Dónde está su fibra? No tiene, es dulce y obediente.»

Porque su experiencia del mundo es sensorial, no conceptual. Cuando siente dolor —Gloria le pregunta por tanta aspirina que toma— lo expresa como puede: “Es para no sentir el dolor…Siempre tengo dolores…dentro, no sé explicarme”.

Ese “adentro” resume su tragedia: algo le duele, pero no sabe nombrarlo. Siente antes de comprender. La phisis antes que el logos. Vive antes de explicarse. Y cuando no puede explicarse, guarda silencio.

Nos acercamos al final de la historia y personalmente cedería aquí la voz al narrador, ese Rodrigo S.M tras cuya máscara (persona) se oculta Lispector. El desenlace es turbador, con esa mezcla de misericordia y frialdad narrativa con que el autor describe los últimos minutos de existencia de la nordestina. Pero sería muy larga la cita, la compondrían decenas de líneas. No me extenderé, por tanto, en la cita de la novela. Pero vean qué maravilla:

«Tan viva estaba que se movió con lentitud y acomodó el cuerpo en posición fetal. Grotesca como había sido siempre. Aquella resistencia a ceder, pero esa voluntad de un gran abrazo. Se abrazaba a sí misma con deseos de una dulce nada. Era una maldita y no lo sabía. Se agarraba a un hilillo de conciencia y se repetía mentalmente sin cesar: yo soy, yo soy, yo soy. Quién era es lo que no sabía. En su propio, hondo y negro núcleo había ido a buscar el soplo de vida que Dios nos da.»

La culminación de la historia es una epifanía macabra: la muerte como único acontecimiento estelar. Pareciera que el narrador (la autora) disfrutan con el final de Macabea, lo degustan, lo disfrutan, pero como si les ocurriera a ellos (a ella). Parece que narrador/autora están prefigurando su propia muerte. Así queremos morir nosotros.

El destino que la narración le otorga a la nordestina idiota—ser atropellada justo después que la nigromante le hubiera dicho que iba a cambiar— irrumpe como sarcasmo del universo. Y, sin embargo, su última frase no es reproche sino promesa: “En cuanto al futuro”.

Su agonía se describe con un lirismo formidable, pero que desfigura lo patético. Como si la muerte fuera lo normal para este personaje. Macabea «quería vomitar lo que no es cuerpo, algo luminoso. Una estrella de mil puntas»

La muerte es la hora de la estrella. Su única aparición pública. Su coronación cruel:
“Finalmente, la coronación.”

La idiota que no sabía que era infeliz y que no sabía que deseaba muere justo cuando imagina un futuro.

Macabea es la idiota luminosa: la que sobrevive sin comprender, la que ama sin medir, la que muere sin reclamar. Su tragedia no es morir atropellada, sino haber vivido siempre un poco a un costado del mundo, siendo menos que otros, pero nunca menos que ella misma. Sólo imagina un futuro cuando ya ni lo hay.

Clarice Lispector convierte a una dactilógrafa anónima y boba en un acontecimiento literario: la protagonista que desarma al lenguaje al no dominarlo. Y nos recuerda que, en un mundo de ruido, ambición y pretenciosidad, hay vidas silenciosas que nunca aprendieron a defenderse, pero que, por un instante, alcanzan también su hora de la estrella.

Nos vamos con María Zambrano, que lo ha expresado con luminosa clarividencia: «Algo ha caído en lo hondo del alma del idiota, en ese su centro y en esas sus oquedades, lugares de la palabra, haciéndose su dueño. Un silencio sin duda: el silencio que desciende desde los remotos cielos. El silencio que priva y suspende y que es como un lazo que fija en la inquietud al ánimo y al entendimiento; que llena el corazón como ninguna palabra o música.»

 



 


 



Algo quedará de mí

Mercedes Monmany

Galaxia Gutenberg, 2026

438 páginas

 

Después de la guerra, durante los procesos de Núremberg en 1946, una de las testigos de cargo, Marie-Claude Vaillant-Couturier, superviviente de los campos, dijo: «Hablo por las que ya no están, espero que no se me olvide nada; nos dijimos “no es posible que todas muramos como ratas, ¡que se sepa, que el mundo lo sepa!”»

Ese grito podría ser el lema (además del explícito título) de este maravilloso libro de Mercedes Monmany, pues lo que ha hecho la autora recogiendo los destinos de diez de las más relevantes mujeres que pasaron por Ravensbrück es darles voz, hablar por las que ya no están, mantener la impronta de la memoria. Porque una cosa está clara, los acontecimientos que se narran, los testimonios de tantas personas que sufrieron aquel tiempo de terror no son hechos periclitados, algo que no volverá a suceder con seguridad. La realidad contemporánea nos demuestra que no estamos libres de repetir similares calamidades.

                Por eso este libro de Monmany es muy pertinente. Y hay que decir que no se trata de un mero ensayo sino de la narración de diez vidas reales que vivieron —y algunas murieron— en el campo de Ravensbrück durante el terror nazi. Con la habitual maestría y afinada mirada literaria, Mercedes Monmany transita el pasadizo de la historia para ponernos ante los ojos las experiencias más terribles y siniestras en la Europa del siglo XX.

En el libro comparecen la etnóloga Germaine Tillion, la dramaturga Charlotte Delbo, la brigadista Lise London, la periodista, amiga de Kafka, Milena Jesenska y otras tantas mujeres más que, con su peripecia y sacrificio, son el testimonio de aquel horror.

La primera mujer de la que trata el libro, Germaine Tillion, es paradigmático. Superviviente del campo, en 1972 publicó su libro Ravensbrück, que representó un descarnado testimonio de su paso por el campo y puso voz a aquellas que sucumbieron a las cámaras de gas o a los fusilamientos. Tillion, por su formación académica y su gran amplitud humana, se convirtió en referente de otras reclusas, que veían en Germaine la tenacidad de una heroína. Como diría años después la propia Tillion, en conversación con su amiga y también superviviente del campo, Geneviève de Gaulle, «se trataba de demostrar mentalmente, de entender el funcionamiento de una mecánica, incluso si te estaba aplastando en esos momentos, de afrontar lúcidamente y en todos sus detalles una situación, en ocasiones desesperada».

Un aspecto que centra la atención de Monmany es la dificultad que muchas de estas mujeres encontraron tras la guerra, una vez regresadas a la libertad, para dar testimonio de sus experiencias. Muchas supervivientes, como Tillion, Geneviève de Gaulle o la alemana Margarete Buber-Neumann escribieron sendos libros en los que trataron de explicar sus terribles vivencias en el campo. Tras la Liberación hubo un intento general de olvido de los horrores vividos y muchas de las supervivientes encontraron trabas para publicar sus testimonios.

La prioridad era «exaltar, sobre todo, la victoria militar sobre el fascismo, la épica, los relatos heroicos de soldados, de grandes operaciones militares o batallas que se saldaron con el triunfo de los Aliados», nos dice la autora. Muchas editoriales rechazaron los testimonios escritos de la mujeres de Ravensbrück, pero finalmente se fueron publicando libros como el de Charlotte Delbo, Ninguno de nosotros volverá o el de Geneviève de Gaulle, Travesía de la noche.

Después llegarían libros de memorias como el de Lise London, La madeja del tiempo, o el de Margarete Buber-Neumann, Prisionera de Stalin y Hitler, donde denunciaba tanto los gulags rusos como los campos nazis. También las ejecutadas en los campos o muertas por enfermedades o maltrato tuvieron su recuerdo en aquellos años posteriores a la guerra y ahora en libros como este de Monmany.

Casos como los de Viollette Szabo, espía que trabajó para los británicos, Anne de Bauffremont, perteneciente a la Resistencia de París o Milena Jsenská, periodista checa, que murió en el campo de Ravensbrück en 1944. Todas ellas forman parte del legado testimonial que nos ha llegado en impresionantes libros de memorias o en ensayos.

Este de Mercedes Monmany, en su excelencia bibliográfica y en su vibrante narración literaria, representa la vigencia del recuerdo, la pertinencia de la denuncia de unos hechos siniestros de un tiempo que no debería regresar al mundo civilizado.

Como ha dicho la propia Monmany en reciente entrevista citando a Primo Levi, también superviviente de los campos nazis: «Mi voz es la de uno, pero querría que representara a otras muchas voces anteriores.»

Pues bien, en este gran libro, Mercedes Monmany representa la voz de muchas otras anteriores.


 



Los nuevos Bartleby

Daniel Gascón

Editorial Rosamerón, 2026

200 páginas

 

Daniel Gascón ha demostrado en algunos de sus libros anteriores que es un fino observador de la realidad que nos rodea. En novelas como Un hípster en la España vacía y en su continuación, La muerte del hípster, describía con ironía y humor el choque de lo posmoderno y el mundo rural. Gascón, además, ha publicado libros de relatos y algún otro ensayo.

Este Los nuevos Bartleby se adentra en la alienación que provoca el trabajo abusivo, las tensiones entre generaciones y, sobre todo, el futuro incierto para la juventud del siglo XXI.

Con gran aparataje documental, estadístico y crítico, con un acerado tono irónico y no exento de humor, el autor nos hace un repaso certero por las problemáticas relaciones del ciudadano actual —sobre todo de la juventud— con los dispositivos que marcan el modo de vida de las sociedades desarrolladas.

Pero lo que confiere al libro de Gascón una índole más literaria y sugerente es la conexión entre este ciudadano agobiado por el entorno y la figura del personaje creado por Herman Melville a mediados del siglo XIX. El copista Bartleby ha sido analizado en detalle por decenas de escritores, filósofos, sociólogos y representa la figura del individuo de la renuncia. Su famosa frase, «preferiría no hacerlo», se ha convertido en una especie de consigna de la resistencia.

Un gran acierto de Gascón en este ensayo «sociológico» es poner esta relación con el escribiente Bartleby en el primer plano de la sintomatología contemporánea, de modo que el posicionamiento vertebral del texto se instaura desde la perspectiva literaria. Quizá nada ha desvelado más el devenir del ser humano como la literatura. El escritor argentino Juan José Saer definía la ficción literaria como una «antropología especulativa», un modo de mirar el mundo como «un entrecruzamiento crítico ente verdad y falsedad.»

De este modo Gascón, al introducir la figura de Bartleby, potencia el elemento simbólico en la ecuación de lo social y lo personal. El posicionamiento radical del escribiente de Melville se convierte así en una posible salida del ciudadano atormentado por los problemas del aparato capitalista.

Hay, por tanto, en esta doble vertiente del ensayo de Gascón, una aproximación más filosófica que sociológica, más poética que estadística. Lo que proporciona así la figura ancilar de Bartleby es una salida, una escapatoria de la alienación amenazadora de una sociedad extremadamente tecnificada y carente de todo escrúpulo.

La inclusión del relato de Melville (Bartleby, el escribiente) en el libro ayudará a aquellos que no lo hayan leído antes a entender el alcance que la metáfora del enigmático oficinista posee para explicar la potencialidad de su renuncia a seguir copiando textos. Gascón cita a Deleuze para definir al personaje: «Bartleby es el hombre sin preferencias, sin posesiones, sin propiedades, sin cualidades, sin particularidades: demasiado llano como para que se le pueda adherir alguna particularidad.»

De este modo el escribiente se convierte en la contracara del individuo contemporáneo, que está sometido a la “necesidad” de tener más posesiones (apremiado por el consumismo), a mostrar más cualidades (exposición obsesiva en redes) y a definir sus preferencias (continua demanda de likes al exhibicionismo ajeno).

Bartleby es la antítesis del ciudadano moderno. Es un ser que renuncia, que se niega a tomar posiciones, que se aparta del régimen de productividad social, aunque nunca explica por qué prefiere no hacerlo. Es también un emblema de cierta juventud renuente a aceptar las consignas del compromiso sin horizonte.

Gascón nos da todas la claves para entender a qué renuncian los nuevos Bartleby. En su análisis de los males sociales del mundo moderno, el autor pone sobre la página decenas de ejemplos, multitud de datos y un gran artefacto de citas de estudiosos de todo tipo. Antropólogos, sociólogos, economistas, poetas, sí, han desmenuzado el devenir del ser humano en las últimas décadas. La amplia bibliografía detallada al final del libro da buena cuenta del sustrato intelectual del ensayo.

Los nuevos Bartleby es un profundo y entretenido ensayo con ese toque de humor y de ironía que muestra Gascón en sus habituales análisis de la actualidad. En el texto, el autor repasa los principales males de la sociedad actual: la precariedad laboral, la aceleración, la decadencia de la cultura, el sometimiento a lo visual, la ausencia de un futuro sosegado para los jóvenes, la ineptitud del poder político para dar alternativas optimistas.

Ante este panorama, la presencia del renunciante Bartleby puede dar una pista de cómo salir del atolladero. Quizá su radicalidad sea demasiado arriesgada y traumática para el individuo del actual siglo, pero sí puede representar una llamada de atención, un resquicio, una potencial deriva para el ciudadano perturbado.

Daniel Gascón nos deja este estupendo estudio crítico a la vista de quien quiera enterarse de cómo van las cosas y nos da certeras claves para interpretar el futuro.


  Macabea: la inocencia como destino.   «La persona de la que voy a hablar es tan tonta que a veces les sonríe a los demás en la calle. ...