jueves, 15 de enero de 2026

 




Sobre Circular 22, de Vicente Luis Mora

 

Como algunas revistas no quieren publicarme una reseña de Circular 22 — aducen que no es novedad y que es un libro que ha dado muchas vueltas— me decido a escribir unas notas en mi propio blog.

Circular 22 no es un libro redondo, eso está claro. Tiene anfractuosidades, pasadizos, relieves, hondonadas. Bueno, es como Madrid. Parece que en Circular 22 se habla de Madrid, aunque luego se ve que no, que es Madrid la que habla del autor (los autores, sucesivos, excesivos). Se circula, mucho, por Madrid, pero luego el autor se sale de madr(e)id y se va a las afueras, esto es al mundo, a los con-fines.

He leído el libro de Mora en varias semanas (lo que el (los) autores han tardado en escribir veinticuatro años). Entretanto he leído otros libros del autor (por ponerme al día). Crear lectores, Centroeuropa, El lectoespectador. Antes, claro, Cúbit, En esta red sonora.

Así, entre tanto libro he bajado y subido de Circular, yo, que he nacido y vivido décadas en esta ciudad y jamás he tomado la línea Circular. Lo haré en breve, por si encuentro algo del libro: restos, huellas, pecios, quién sabe.

Circular 22 es, como dice el autor «una dinámica, un trayecto entendimiento de la literatura como trayecto incesante». Por ahí el lector recorre múltiples géneros: poesía, ensayo, teatro, aforismo, microcuento, crónica, apunte, diario. Es decir, es un libro sin género que engulle todos los géneros. Los fagocita. Es un libro de-generado, re-generado.

Mora, como le pasaba a Gonzalo Torrente Ballester con su magnetófono, no ha dictado sus textos al libro, sino que el libro (Madrid) le ha dictado al autor su mundo. «La escritura como primer acto del día. Antes de cualquier acto de alimentación, higiene o trabajo. La literatura como lo primero, como aquello que harías si solo pudieses hacer una cosa», ha dicho/escrito el autor.

Bien, me bajo por el momento de este circular, de este nomadismo, de esta escritura de nómada. De este deambular por una ciudad entrópica, pues Circular 22 es pura entropía, desorden y orden, reordenamiento de lo real, bifurcaciones y fluctuaciones.

Me bajo, pero «yo me quedo en Madrid, ¿me estás oyendo?, ¿me estás oyendo, cabrón?, me quedo en Madrid, voy a pasármela para siempre en Madrid, sí, me quedo para siempre, sí.»


 



Extranjero en todas partes

Los días argentinos de Witold Gombrowicz

Mercedes Halfon

Anagrama, 2025

207 páginas

 

Quienes leemos y admiramos a Witold Gombrowicz no desperdiciamos una oportunidad para hablar/escribir sobre el autor de Ferdydurke. A Gombrowicz, una vez lo conoces, lo lees y lo absorbes, tienes que amarlo o rechazarlo. Él rechazó a tantos, que le resbalaría nuestro desdén.

Como digo, aprovecho el libro de Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) sobre la vida del autor polaco en la Argentina para hablar del texto de la autora y del propio biografiado.

Sobre el texto de Halfon diré que está conseguido. La autora, que al parecer escribió el libro como un encargo, ha sabido acercarse a lo más magro de los años de Gombrowicz en Argentina. La autora ha confesado que hasta llegarle el encargo de biografía no conocía demasiado la obra del polaco. Esa condición de “extranjero en todas partes” ha hecho que Gombrowicz sea un autor difuso tanto en su país natal como en Argentina, donde vivió la mayor parte de su vida.

Sin embargo, esa presencia difusa del autor de Diario argentino no ha impedido que su huella haya impregnado la literatura argentina hasta el punto de que un autor tan afinado como Ricardo Piglia dijera que Gombrowicz era un autor argentino.

El texto de Halfon está conseguido en su vertiente biográfica y en su índole constructiva. Si bien algunos de los pasajes narrados por la autora son ya conocidos por los lectores adeptos al polaco, la exposición y el hilo narrativo hacen que la lectura sea reveladora, lúcida y amena. Se agradece que la autora haya prescindido de una voz hagiográfica y hermenéutica. Se agradece que haya ido al meollo del asunto. Halfon no interpreta, no enjuicia, sino que cede la voz a los hechos, a los testimonios, a las propias obras del biografiado.

Como biografía es aproximativa, ligera, sin profundidades ni hallazgos nuevos. Halfon cuenta lo que ya se sabe de los años de Gombrowicz en Argentina. Pero lo cuenta muy bien. De Gombrowicz se ha escrito mucho y es mucho, también, lo que el propio autor ha dejado hablado o escrito. Está su Diario, que publicó en vida, está Kronos, una especie de diario secreto, paralelo al público, están su Testamento, donde el autor cuenta sus años argentinos y su regreso a Europa. Existen textos de conversaciones del autor con periodistas (Lo humano en busca de lo humano (1969) se compone de conversaciones del autor con Dominique de Roux) donde Gombrowicz habla de sus obras y de su concepción ética y estética.

De todo ello da cuenta y utiliza Halfon en su espléndida biografía. Pues, como indicaba arriba, otro acierto de la escritora argentina ha sido la incorporación de testimonios, algunos aún directos, otros referidos en documentos y escritos, que dan un toque de vivacidad y de “cuerpo presente” del biografiado.

Y es que en el texto de Halfon encontramos las voces de los amigos que recibieron al autor polaco en Buenos Aires y vivieron junto a él los veinticuatro años que pasó en tierras argentinas. Por ahí hablan Juan Carlos Gómez «Goma», Rússovich, Di Paola, Betelú, Vilela, todos amigos argentinos, sus amigas polacas María Swieczewska y Ada Lubomirska, Miguel Grinberg y una larga lista de personas que trataron y convivieron con el autor durante aquellos años de “exilio” elegido.

Todos estos testimonios y presencias con voz dan al libro de Halfon una autenticidad que no habría conferido una minuciosa investigación soportada sólo en datos y competencia historiográfica. La autora va paso a paso, en cadencia diacrónica relatada en tiempo presente, desgranando las peripecias vitales del autor de Transatlántico y Cosmos.

Todos aquellos años, del 39 al 63, en que el autor polaco abandona Buenos Aires, pasan por delante del lector con diáfana persistencia. Uno termina el libro de Halfon con una gusto de verosimilitud a la vez que un entusiasmo mitológico. Pues este autor polaco que llegó a Buenos Aires por error y se quedó temporalmente durante más de dos décadas, construyó su personalidad literaria en aquel lugar, si bien, como dice el título del libro, Gombrowicz fue un extranjero en todas partes; en la Argentina que le acogió sorprendida de una personalidad abrumadora y extravagante y en la Polonia que le veía de lejos, ajena aún a la figura que tras su muerte representaría para la literatura polaca.

En definitiva, el libro que ha llevado a cabo Mercedes Halfon es una puerta de entrada magnífica a la figura de un autor que, aún hoy, rompe moldes, un autor de culto, un raro que sigue poniendo en cuestión muchos de los supuestos valores de la sociedad y la cultura actuales. Gombrowicz, un escritor al que como dije al principio, se ama o se desprecia, pues su figura sigue siendo —aún tras tantos intentos de aprehensión— un autor paradójico e inaprensible.

Como dijo a sus amigos al despedirse en el puerto de Buenos Aires: «¿Te das cuenta de que el que se marcha ya no existe?».

Lean este buen libro de Halfon. Por él conocerán algo mejor al gran Witold Gombrowicz.


 




Insurgentes

César Antonio Molina

Erasmus Ediciones, 2025

247 páginas

 

Parece muy apropiado publicar un libro sobre insurgentes en este tiempo de vanas ideologías y de defenestración de la cultura como ámbito de libertad frente al poder. El libro del que quería hablarles es el que ha escrito César Antonio Molina. El libro lo encontrarán en Erasmus Ediciones, en una impecable y cuidada edición con una portada muy al caso, La mort de Marat, de Jacques-Louis David. Al autor lo conocemos por su larga dedicación a la literatura y a la gestión cultural. Molina es poeta, ensayista, escribe deliciosos libros de memorias y ha sido director del Instituto Cervantes, del Círculo de Bellas Artes y Ministro de Cultura, entre otras ocupaciones, que son muchas.

Hablar de insurgentes a la altura del primer cuarto del nuevo siglo pareciera tarea romántica o desfasada, como si ciertos amotinamientos y sublevaciones fueran restos de periclitados tiempos épicos. Y no, no es así. Molina ha sido muy acertado en traernos a estos insurgentes de otros tiempos para recordarnos que los intelectuales han de ser contrapeso ético y estético frente al poder; a todo poder y en todo tiempo, más en la actualidad.

El libro, que se hace ameno y erudito, asequible y esclarecedor, se titula así, Insurgentes, está estructurado (de forma mayoritaria) por capítulos cortos en los que se hace semblanza y relato de los avatares de algunos de los más reputados sabios—poetas, narradores, filósofos o directores de cine— del pasado y contemporáneos. Por el libro desfilan desde Aristóteles hasta David Mamet, desde Valéry hasta  María Zambrano. A estos se añaden Joseph Conrad, Robert Walser, Derrida, Rushdie, Orwell o Stevenson y más.

Así, desde la grecia clásica hasta este siglo XXI, atravesando siglos intermedios, el autor nos refiere las vicisitudes y asechanzas que tuvieron que arrostrar tantos y tantos artistas e intelectuales frente al poder de su tiempo. Frente al castigo del poder ante la radical rebeldía de tales intelectuales como ante la degradación de la cultura y la (de)formación que también ha sido arma de los poderosos para doblegar el espíritu crítico del ciudadano.

César Antonio Molina, atraviesa todos estos avatares y tiempos en compañía de tantos y tantos representantes de la cultura y el pensamiento. Aristóteles huyó de Atenas enfrentado con las autoridades que no le reconocieron como sucesor en la Academia a la muerte de Platón. Dante tuvo que exiliarse acechado por las autoridades contrarias a su postura política. Valéry se hizo incómodo a las derechas y las izquierdas por mentener su independencia. María Zambrano, a quien Molina trató mucho tras el regreso de la filósofa del exilio, había mantenido fuertes discrepancias con republicanos como Negrín a pesar de haber demostrado su apoyo a la República. Georges Orwell «denuncia la “caza del intelectual” desatada en aquellos tiempos inciertos» previos a la Segunda Guerra Mundial.

Todos los relatos y  análisis que hace Molina resultan amenos, variados; refinados textos de prosa clara y precisa. César Antonio Molina tiene a sus espaldas decenas de libros y cientos de publicaciones. Su serie de ‘Memorias de ficción’ es una poderosa empresa literaria de necesaria lectura; sus ensayos sobre la antipatía del poder hacia los pensadores, como ‘La caza de los intelectuales’, o los dedicados a la reducción algoritmica del ser humano en ‘¿Qué hacemos con los humanos?’ son parte del compromiso del autor gallego ante los desafíos contemporáneos.

Y es que todo intelectual —término manoseado, lo sabemos, pero descriptivo— ha de mantenerse firme ante el poder, ya provenga este de los gobiernos como de los grupos económicos o ideológicos.

Como he dicho más arriba, se agradece la cuidada edición del libro, en la que se incluyen fotos representativas —autores, lugares, documentos— y un apartado final con nutrida bibliografía. Forma y contenido, las dos caras de una perfecta edición.

La lectura de Insurgentes es pues —en estos tiempos de tribulación—, más que una lectura histórica o anecdótica. Se trata de una erudita cala en la conformación de la relación entre intelectuales y poder a lo largo de los siglos y que tiene aún más sentido en tiempos de crisis de valores y de espíritu ético. Como ha dicho el autor en una reciente entrevista: «El compromiso significa arriesgarlo todo en los momentos más difíciles. Arriesgarlo todo es, en los sistemas más violentos, la vida. […] No todo el mundo está dispuesto a escribir contra el poder para tratar de que rectifique aquellos errores que está cometiendo.»

La propuesta de César Antonio Molina al hacernos partícipes de la secular relación entre intelectuales y poder es que, cada cual, todos nosotros, hemos de erigirnos en intelectuales (mediante la lectura atenta, la crítica y el escepticismo ante el pensamiento dominante) para comprender el espíritu de nuestro tiempo. Todos podemos ser insurgentes si entendemos que el único modo de no someterse a los poderes es afirmarse en la vigencia de la cultura.


 





Nota previa

He de confesar que desde la primera lectura de Canon de cámara oscura intuí que la escena nuclear del libro, aquella secuencia de biblioteca, ventanal y gabinete conectaba con las escenografías narradas por Roussel en su libro Locus Solus. Comoquiera que lecturas posteriores han venido a reafirmar aquella intuición inicial me he permitido ubicar a Vidal Escabia en la villa de Montmorency. El resultado es el texto que sigue.

Para evitar todo atisbo de ilicitud, declaro que el relato ha sido compuesto casi en su totalidad con los ladrillos (párrafos, fragmentos, frases) de ambos edificios ajenos y que quien esto escribe apenas ha añadido una mínima argamasa que mantuviera la insólita construcción en pie. También consigno haber solicitado la autorización de uso a sus genuinos autores y que, por el momento sólo el señor Enrique Vila-Matas ha dado su aquiescencia al hurto de su personaje. En espera de la respuesta de Monsieur Raymond Roussel me arriesgo a hacer público el texto. Sea.

 

Vidal Escabia visita Locus Solus

 

Aquel jueves de comienzos de abril, mi sabio amigo el maestro Martial Canterel me había invitado a visitar, con otros de sus íntimos, el inmenso parque que rodeaba su hermosa villa de Montmorency.

Locus Solus —tal es el nombre de la propiedad— es un sereno retiro donde a Canterel le gusta proseguir con toda calma espiritual sus múltiples y fecundos trabajos. En ese lugar solitario se encuentra suficientemente al amparo de los ajetreos de París, y puede no obstante trasladarse a la capital en un cuarto de hora cuando sus investigaciones le exigen demorarse en cierta biblioteca especializada o llega el momento de comunicar al mundo científico, en una conferencia extraordinariamente concurrida, algún descubrimiento sensacional.

                El maestro nos había convocado a primera hora de la mañana, casi al amanecer, cuando aún el sol se demoraba en aparecer tras el límpido horizonte. Lo que íbamos a contemplar, nos dijo Canterel iniciando el paseo, necesitaba de esta matinal hora pues se trataba de un metier á aubes, un oficio de madrugadas, un acto diario que requería de la luz tibia del despertar.

Siguiendo a Canterel llegamos al final de una explanada y, atravesando un césped tupido, bajamos por una recta avenida de arena amarilla en suave declive que, volviéndose paulatinamente horizontal, de pronto se ensanchaba para rodear, como un río rodea una isla, una alta y gigantesca jaula de cristal que cubría en rectángulo de acaso diez metros por cuarenta.

Llegados ante la instalación, Canterel, guiándonos con la mirada, giró hacia la derecha y, tras haber doblado la esquina del frágil edificio, se detuvo. Lo que se ofrecía a la vista a menos de un metro detrás de la vidrieras, aislada y con base en el suelo mismo, era una especie de habitación cuadrada de diez metros de largo por cinco de ancho que se conectaba mediante un pasillo con un ventanal y, al lado izquierdo, con otro cuarto del que, por nuestra específica posición, no podíamos divisar su interior.

Entonces el maestro nos señaló con el dedo el primer receptáculo que se mostraba a nuestra vista de un modo difuminado y lánguido. Preguntado por tal efecto Canterel nos explicó que aquel recinto era un cuarto oscuro donde, a modo de biblioteca, se disponían cientos de libros al cobijo de la oscuridad. Nuestro anfitrión nos hizo un gesto con la mano, como advirtiendo de que algo iba a ocurrir al instante. En efecto, de pronto, sin haberlo divisado con anterioridad, pudimos contemplar la entrada de un hombre en el cuarto oscuro.

Canterel nos dijo que aquel individuo, cuyo nombre era Vidal Escabia era el propietario del cuarto oscuro y un presunto androide de la clase Denver-7 que, por legado de su mentor y dueño, Altobelli, había recibido aquella biblioteca de cámara oscura. Al parecer, el androide con cuerpo humano, de la mano de Altobelli había aprendido a leer y, a través de los libros, había ido entrando en contacto con otras conciencias.

 

Aquel cuarto, a pesar de que en el exterior el sol iluminaba nuestra posición, se mantenía en penumbra a ojos del androide Escabia mediante un sistema de refracción de la luz sobre las paredes de cristal de la estancia diseñado por Canterel.

Luego el maestro calló y señaló de nuevo hacia la posición del tal Escabia, que ya había iniciado su maniobra matinal (su oficio de madrugadas). El hombre (o supuesto androide), moviéndose con lentitud dentro del cuarto oscuro, levantó el brazo derecho y eligió sin mirarlo, un libro del estante más cercano. Como la penumbra dentro del cuarto matizaba la imagen, los del exterior no podíamos ver con nitidez de qué libro se trataba.

Con el libro en la mano, Vidal Escabia, a paso lento salió del cuarto mal iluminado y comenzó a recorrer el pasillo que conectaba con el ventanal. Fue entonces cuando Canterel, con un gesto decidido, nos indicó que nos moviéramos hacia la parte derecha de la instalación con el fin de contemplar mejor la acción del ejecutante Escabia.

Llegado junto al ventanal, el androide abrió el libro que había trasladado de la cámara oscura hasta el ventanal e, iluminado por la luz exterior, comenzó a hojearlo. Canterel, casi en un susurro para no turbar el proceso, nos explicó que Escabia no hacía sino cumplir las directrices de su mentor Altobelli cuando, antes de desaparecer, le pidió a aquel que aligerase lo máximo la biblioteca que recibiría y seleccionara de ella sus libros predilectos y los colocara en un cuarto mal iluminado de su casa para que algunos de ellos llegaran a constituir un muy subjetivo Canon intempestivo.

Ante la pregunta de alguno de los invitados, Canterel explicó qué era aquello de un Canon intempestivo. Nos dijo que el propio Altobelli, amigo suyo en época de juventud consideraba que lo importante de un Canon es la idea de ir construyéndolo y, con el tiempo, haberlo llevado a cabo. Luego añadió Canterel que Vidal Escabia había aceptado la misión de construir aquel Canon ligeramente inactual, pero más esquinado que el que hacen todos.

Mientras nuestro anfitrión nos decía aquello en un susurro discreto, el supuesto androide, una vez elegido el fragmento del libro, se dio la vuelta y se separó del ventanal luminoso. Canterel, con el fin de que los invitados contempláramos el proceso de forma discreta, nos indicó que nos desplazáramos rodeando la instalación para colocarnos frente a la estancia a la que se dirigía Escabia con el libro en la mano.

Se trataba de un gabinete en el que se disponía una silla giratoria sobre una alfombra bajo la cual se adivinada un suelo de parquet desgastado. Allí había llegado Escabia desde el ventanal y se sentó con el libro frente a sí. Canterel nos dijo que Vidal se disponía a crear una ficha con el fragmento elegido del libro que iría al archivo del Canon.

Entonces Canterel añadió un comentario sobre los fragmentos, como si interpretara la pulsión de Escabia o recordara sus valiosas conversaciones con el amigo Altobelli. Los fragmentos, dijo Canterel, no son, como tanto se cree, una parte más del todo, sino una parte importantísima del todo. Por eso tienen que tener la potencia suficiente como para que podamos abrir un libro por cualquier página y leer sin necesidad de saber qué ha sucedido antes o pasará después.

El maestro prefería, nos dijo, a los que nos dicen que, frente a las tesis del clasicismo sobre la unidad de la cultura, y de la civilización, lo que nos queda a nosotros es el fragmento, que se multiplica; el fragmento que actúa como revulsivo contra toda positivización de los lenguajes artísticos…, luego quedó callado y, con otro gesto decidido, dirigió nuestra mirada hacia Escabia dentro del gabinete.

Lo que pudimos observar no tenía una explicación racional. Mientras Escabia trabajaba en su ficha del Canon oscuro e intempestivo, algo se movió en el centro del gabinete. Mediante una especie de resorte mecánico, se abrió un agujero bajo la alfombra de modo que un espacio hueco parecía solicitar que el ejecutante Escabia se deslizara hacia el subsuelo. Se habría dicho que ante él se abría una sepultura, un hueco, una excavación que lo esperara para convertirlo en ocupante de aquel refugio mínimo.

Por el gesto de cabeza que hizo Escabia inferimos que escuchaba algo que nosotros, por lejanía o falta de resonancia, no podíamos detectar. Fue Canterel quien nos confirmó que el supuesto androide, en aquella fase de su proceso de cuarto oscuro, recibía la voz de un entrometido ocupante que se hacía pasar por el Auctor legítimo.

Llegados a este punto, Canterel nos invitó a retirarnos de la visión de la cámara oscura cuyo proceso de biblioteca, ventanal y gabinete, como bien nos indicó, se repetía cada mañana al alba de un nuevo día.

Y con esto, el grupo nos alejamos siguiendo al maestro camino de la casa, en donde pronto nos reunió a todos una alegre comida.


 





Por las fronteras de Europa

Mercedes Monmany

Galaxia Gutenberg, 2025 (3ª Edición)

1472 páginas

 

De algunos libros habría que hablar cada año o cada mes. Libros que no son ya novedades pues se han inscrito en la tradición literaria, aunque sean, como en este caso libros de crítica.

Como aparece estos días la tercera edición de Por las fronteras de Europa, me permito el lujo y el placer de hablar de él, de este libro que, como bien dice Claudio Magris en el prólogo (ya en sí mismo una delicia de texto), es «una summa, a la vez orgánica y fragmentaria, que acoge en sí todo el mundo y toda la literatura posibles».

Mercedes Monmany publicó este libro esencial para cualquier amante de la literatura europea hace diez años y ahora, con algunas actualizaciones (autores fallecidos, nuevas obras de autores tratados), sigue tan vigente y fresco como entonces.

 El libro está dividido por zonas lingüísticas más que por países en ese acertado afán de la autora por afirmar la difusa categoría de las fronteras geopolíticas. La historia de Europa ha sido, en los últimos dos siglos, una pertinaz reconstrucción de fronteras y estados, de zonas de influencia y redefinición de identidades. Pero ante ello, ha sido la lengua, las lenguas las que han conservado la tradición literaria y la riqueza cultural de una Europa en continuo devenir.

Esta geografía literaria incluye los países nórdicos, Rusia, Irlanda, Gran Bretaña, Países Bajos, Alemania, Centroeuropa más los Balcanes, Israel, Francia, Italia, el mundo lusófono, desde Portugal a Brasil más países africanos y Turquía. En total Monmany trata de más de trescientos autores, mujeres y hombres. Y no los trata en mera alusión a sus nombres o sus obras. Es este, como apunta Magris, «un libro de crítica literaria, pero también es un ensayo». Con una bella y precisa prosa, Monmany transmite al lector la pasión por indagar en las profundidades de los autores y de sus obras.

La mirada crítica de Monmany se adentra no sólo en la temática y la estilística de los autores tratados, sino que va hasta el meollo de los dramas políticos y las adversidades que han atravesado la historia europea del último siglo: las dos guerras mundiales, el conflicto de los Balcanes, el exilio que estos dramas han producido en la faz de una Europa turbulenta. Con su habitual sensibilidad y perspicacia, Mercedes Monmany rescata a numerosos autores centroeuropeos que, sobre todo a ojos de los lectores españoles, habían quedado en los márgenes de la historia literaria. Es de agradecer tan basta amplitud de campo y el empeño en poner en valor a tantos autores sometidos a los totalitarismos que produjo, sobre todo, la segunda guerra.

Este compromiso de la autora por desvelar el destino y el drama que muchos escritores vivieron tras el conflicto bélico y el posterior desarraigo que llevó a muchos al exilio, se ha visto plasmado en obras posteriores a esta summa literaria que es Por las fronteras de Europa. Monmany ha dedicado su mirada analítica y amorosa al drama de los que perdieron su patria. Ahí está ese libro intenso y revelador que es Sin tiempo para el adiós, (Galaxia Gutenberg) donde habla de los exiliados y emigrados en la literatura del siglo XX. O el más reciente, Del Drina al Vístula, (Báltica) en el que se centra en escritores centroeuropeos de países como Hungría, Polonia, Rumanía, Serbia o Chequia.

También publicó Ya sabes que volveré, (Galaxia Gutenberg) una mirada profunda sobre la literatura del Holocausto y que se centra en autoras como Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum.

Todos estos libros hacen de Mercedes Monmany una de las autoras de crítica literaria más sobresalientes de la Europa actual y que ha dedicado más tiempo y talento en desentrañar los aspectos menos conocidos de la tradición europea del siglo XX y lo que va del XXI.

Es, pues, la reedición de Por las fronteras de Europa, una magnífica noticia para los que ya consideramos este vademécum literario como un manual de consulta y como una travesía de gran estilo por la historia literaria europea, como para aquellos que la conozcan por primera vez. Nadie que esté interesado en conocer en profundidad la riqueza literaria europea puede soslayar este compendio de bellos y precisos ensayos que nos brinda Mercedes Monmany.

Lo cierto es quien esto escribe se da cuenta de que no harían falta más palabras de elogio hacia este magnífico libro. No habría más que releer el espléndido prólogo de Claudio Magris, ya incluido en la primera edición y que repite presencia en esta tercera. Leer el prólogo de Magris o revisar el índice de autores que Monmany trata con tanto afecto y destreza ensayística. Porque ahí encontramos desde los rusos Isaak Bábel, Vasili Grossman o Liudmila Ulítskaya, los irlandeses John Banville, Brendan Beham o Flann O´Brien, los británicos Martin Amis, Zadie Smith o Salman Rushdie, pasando por alemanes como Peter Hadke, Klaus Mann o Unica Zürn, los centroeuropeos Ivo Andric, Bohumil Hrabal o el reciente Premio Nobel László Krasznahorkai, los franceses Jean Echenoz, Ana Novac o Georges Perec, o los italianos Gesualdo Bufalino, Marisa Madieri o Italo Calvino.

Así hasta más de trescientos escritores, y escritoras, que han contado, mediante la ficción o las memorias, la crónica o la fábula filosófica, la historia de Europa desde la más alta sensibilidad narrativa.

No hay más que decir, sino advertir del placer que es tener en nuestra biblioteca o sobre la mesa, al alcance de la mano, este enorme compendio de excelentes ensayos que Mercedes Monmany nos ofrece en Por las fronteras de Europa. En él se halla la gran literatura.


 





Cúbit

Vicente Luis Mora

Galaxia Gutenberg, 2024

182 páginas

 

Vicente Luis Mora es un tipo complicado. O mejor, un escritor complicado, pues de su persona nada sé, no lo conozco. Y sin embargo insisto, Vicente Luis Mora es uno de esos tipos complicados de los que hablaba hace poco, en su Café Perec, Enrique Vila-Matas. Decía el escritor barcelonés que hay dos clases de escritores: «los que se contentan narrando historias sin más y los que sienten la necesidad de construir esas historias de una forma más compleja y diferente».

Y es que voy a hablar aquí de la novela Cúbit, que Mora publicó en 2024 en Galaxia Gutenberg. Pareciera intempestivo hablar de una obra de hace un año y no dedicarme a comentar la rentrée literaria otoñal o los coletazos de adánicos realismos mágicos de cartón piedra. Pues no, hablo de Cúbit y de Vicente Luis Mora porque es de lo mejor que he leído en los últimos años. Por eso y porque me da la gana hablar de buenas novelas y no de refritos, remakes de espadachines o de inanes novelas lineales.

Cúbit es complicada o, como advierte Vila-Matas, una de esas obras «que se inscriben en una tradición más compleja de construcción de historias». La complejidad de Cúbit radica en las múltiples tradiciones literarias con las que conecta. Es distopía y es fantasía; es metaficción y narración fragmentada; es un diario a múltiples voces o un sistema epistolar. Conecta con clásicos de la fantasía y lo (aparentemente) distópico: Fahrenheit 451 de Bradbury, 1984 de Orwell o los mundos posibles de J.G Ballard. Y al mismo tiempo asistimos a la crítica de lo actual, de la sociedad que vivimos hoy a pesar de que el autor se ha cuidado de no temporalizar la trama.

Por eso digo que Vicente Luis Mora es escritor complicado. Porque se ha abstenido de usar un patrón, una fórmula o un molde desgastado. Al contrario, Cúbit es una estructura de múltiples referentes y variados estilos. Mora ha hecho aquello que dijo el gran Torrente Ballester mientras escribía Fragmentos de Apocalipsis, «como no quiero repetirme ni siquiera en mis trucos, me está dando bastante trabajo.» Es lo que ha hecho Vicente Luis Mora en su novela, tomarse el trabajo de construir algo complejo.

Pero no se engañen, la complejidad de Cúbit no implica complicación de lectura. Al contrario, el lector inspirado enseguida conecta con la estructura y se deja llevar por la maestría del autor y las voces de los personajes que, al ser múltiples usan registros y estilos variados, diferentes discursos y contrapuestos puntos de vista. El mundo creado en Cúbit es el nuestro, de ahora o de quién sabe cuándo, pero parece cercano, inmediato, aquí mismo.

¿Y de qué trata Cúbit? De nosotros, de los humanos y de lo que ya no tenemos de humanos, aquello que hemos perdido —entregado, más bien— por el sumidero del algoritmo y de la tecnocracia excesiva. Cúbit, (AKA quantum bit) el personaje, es—se presenta como— una niña rara, fea, animalesca y, a la vez, ligera, inteligente, cosmológica y cuántica, claro. Cúbit es (o no es) todo lo que los humanos debiéramos haber sido. Todos deberíamos querer ser Cúbit. Y, Alcio, el (otro tanto) protagonista, este sí humano deshumanizado hasta que se cosca de lo mal que vamos los humanos, se pasa al lado de Cúbit (de los itrios, humanos ancestrales) y la ayuda a escapar de Ibris, el (lo, la, le) malo malísimo, este sí, deshumanizado por “maquinavélico” y construido e instruido por humanos indigentes mentales.

Pero eso no es lo principal en Cúbit, la novela. Lo fundamental es que nos da una oportunidad de repensar nuestra condición de humanos descarriados y descarrilados. La novela de Vicente Luis Mora, en esa línea directa con los clásicos de la premonición acertada (Orwell, Huxley, Bradbury), se entronca y enreda, también con los clásicos de la pura ficción. Porque lo acertado de la estructura que crea Mora en Cúbit, es no dar por sentada una verdad verificable, grávida, segura, sino, mediante la compleja red de voces presentes en el texto (y sus diversos estilos-géneros-discursos), llegar a hacer eso que sugería Juan José Saer cuando hablaba de que «la ficción podría ser definida, de modo global, como una antropología especulativa».

En esta novela hay mucha literatura, mucha ficción y gran afición a narrar bien. Hay poesía, hay ensayo, hay ciencia e incredulidad, hay crítica y humor. Y de eso sólo se dará cuenta el lector si presta atención al viaje. Y si tiene que volver al principio y atravesar la historia de nuevo se percatará de nuevos significados, pues el autor ha compuesto un dispositivo de estructura multisignificante. Requiere esto, eso sí, de lectores que no sean aficionados a lo que yo llamo novela de tobogán, esa en que el lector (o lectora) atraviesan a toda prisa su recorrido, sin ser afectados por las palabras, pues resbalan como el metal. Mejor le irá al lector adepto y adicto a aquellas novelas de tipo tren de la bruja, en que el lector sale del viaje cambiado y sabiendo que una nueva —repetida, releída— travesía le concederá nuevas sorpresas.

Entonces, sí, la novela de Vicente Luis Mora es del pasado año, pero debiera estar en boca de todos ahora, al menos de todos los que gustan y degustan la buena literatura. Es una novela para leer cada año y quien no la haya leído (mea culpa hasta hace unas semanas) se perderá una pieza fundamental de la literatura en español, algo muy por encima de la birriosa realidad de lo que se publica para los lectores de tobogán.

Y, para terminar, una advertencia. En Cúbit se podría entrar por diversos caminos o atajos. No en vano es una construcción cuántica que no responde a la materia subatómica que conocemos. Lo propio es entrar por el principio, pero bien se podría hacer al revés, adentrarse por el final. O hagan ambos intentos, se divertirán, pues eso es Cúbit, un excelente juego literario.


 




Ulises Carrión: El (no) escritor que hacía libros

 

 

Supe de Ulises Carrión en 2016, cuando visité una exposición de su obra en el Museo Reina Sofía. Me atrajo el lema del evento. DEAR READER, DON´T READ.

Luego se mencionaban algunos aspectos de su obra, fundamentalmente los llamados libros de artista. Visité la exposición, tomé algunas fotografías y me traje a casa el díptico con el lema y un texto explicativo.

Desde entonces había olvidado a Ulises Carrión. Hasta hace unos días, en que encontré, en el Rastro, un estuche de gran formato compuesto por dos tomos, uno titulado Ulises Carrión ¿Mundos personales o estrategias culturales? Y otro Libros de artista (Artist´s books), ambos en edición bilingüe. Compré el estuche a un precio excepcional como pude comprobar de regreso a casa tras una pesquisa en internet.

Ahora tengo los dos tomos sobre la mesa, los he hojeado con rigor y satisfacción pues incluyen un formidable aparato textual y visual: fotos, facsímiles de cartas, imágenes de la vida y obra de Carrión y excelentes estudios técnicos de colaboradores o eruditos en la materia. Por todo ello he decidido escribir sobre Carrión, un excéntrico convencido de su actividad, audaz en la búsqueda de recursos novedosos, en fin, un singular creador.

Carrión nació en San Andrés Tuxtla (Veracruz), México en 1941 y murió en Ámsterdam en 1989. Por tanto, murió joven, quizá antes de lo que debiera pasarle a un artista con tanto talento. Bueno, todos morimos a destiempo, quizá.

Si en el título de este artículo se denomina a Ulises Carrión como NO escritor es porque él mismo decidió dejar de escribir para dedicarse a algo que parecería ser actividad semejante o paralela. De joven Carrión publicó varios cuentos y obras de teatro y parecía insoslayable una carrera en lo literario. Pero, en un momento de su vida, se plantó y renunció a la escritura. O mejor decir que renunció a la literatura, pues en su obra la escritura (la ajena) es eje fundamental, como veremos.

Su proyección en el mundo literario mexicano comienza a desviarse en la década de los 60, cuando mediante varias becas estudia en la Sorbona, en el Instituto Goethe en Alemania y se gradúa en Lengua y Literatura en Leeds, Inglaterra. Allí entra en contacto con el grupo Beau Geste Press y, luego, ya trasladado a Amsterdan se integra en In-Out Productions donde realiza varios trabajos.

Carrión solía decir de aquellos años: «Yo comencé como literato, pero llegó un momento en que me di cuenta de que ese ámbito me quedaba chico y no podía continuar escribiendo cuentos y relatos en un sentido tradicional. Ahora el lenguaje sigue siendo mi materia prima, pero nada más que eso». Lo literario, al fin, se convierte en aspecto meramente ancilar de su obra futura.

Una renuncia, por tanto. Aquello que Susan Sontag llamó «la estética del silencio» y que alude a tipos como Rimbaud, Wittgenstein o Duchamp. Ulises Carrión renunció a escribir, pero también a leer, pues consideraba estas formas de expresión ya periclitadas. Tras el abandono de la literatura como ámbito restringido, el artista mexicano, inquieto y audaz, se interesa por la composición de libros que no concluyan su alcance en lo textual. Será la palabra, sí, los fragmentos, lo visual, la fotografía, lo que Carrión manejará con soltura y pericia artística. En Beau Geste Press publica Looking for Poetry y Arguments (1973) y en esa década define con detalle sus intereses.

Su propuesta va en contra (o fuera) del ámbito de los productos industriales editoriales. Nace así, Other books and So (1975-1978), donde reúne a artistas y editores fuera del sistema oficial. Sus libros trascienden pronto y llegan a otras ciudades y otros países. Carrión trabaja con nutridos archivos de documentos (textuales, visuales) que luego utiliza en sus obras. Son libros alternativos. Su interés es que el artista sea el responsable de todo el proceso (ideas, creación, promoción, distribución). Sus libros no son textos que un autor escribe y entrega a un sistema mercantil; sus libros son objetos trabajados por el artista de principio a fin. Contenido, forma, publicación, todo es tarea del artista. «En un libro de artista una sola persona está encargada de toda la producción: por el contenido, por la forma, por todo. Se puede también comparar con el arte», afirma Carrión.

Todo esto le lleva a crear el Mail Art. Lo pone en acción con dos proyectos fundamentales: Definitions of Art y Erratic Art Mail International System, ambos en 1977. Lo que trata Carrión es ofrecer una alternativa al Sistema Oficial de Correos. Carrión considera al Mail Art el modelo ideal como sistema de comunicación, pues integra la idea de distribución y qué mejor modo de expandir la ideología que mediante la distribución postal. Convierte, así, al «arte correo como arma letal o política».

Un aspecto interesante de la obra de Carrión es que se fundamenta en un archivo. El archivo es en sí una obra de arte, pues acumula documentos de todo tipo: textos impresos, cartas, postales, dibujos, video-performance, audio. En las propias palabras de Carrión, escuchamos: «El archivo es también un producto de mi desarrollo teórico, al cual he llegado a considerar claramente más que mi idea del arte, que no está reducida sólo a la hechura de objetos y eventos».

Así pues, Ulises Carrión aconsejaba al lector no leer y al escritor (él mismo) no escribir. ¿Entonces? ¿Por qué dedico un texto a un tipo que parecía «contra» lo literario? Pues porque intuyo que no es tanto así. Si uno “lee” sus libros de artista sigue viendo ahí la materia del lenguaje como materia prima de su arte. La imagen, el sonido, lo conceptual, lo fragmentario, sí, acompañan a la palabra, la palabra quizá dispersa, desvinculada de significado político, gastado. 

Querido lector, lea a Ulises Carrión.


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