Cúbit
Vicente Luis Mora
Galaxia Gutenberg, 2024
182 páginas
Vicente Luis
Mora es un tipo complicado. O mejor, un escritor complicado, pues de su persona
nada sé, no lo conozco. Y sin embargo insisto, Vicente Luis Mora es uno de esos
tipos complicados de los que hablaba hace poco, en su Café Perec, Enrique
Vila-Matas. Decía el escritor barcelonés que hay dos clases de escritores: «los
que se contentan narrando historias sin más y los que sienten la necesidad de
construir esas historias de una forma más compleja y diferente».
Y es que voy a
hablar aquí de la novela Cúbit, que Mora publicó en 2024 en Galaxia
Gutenberg. Pareciera intempestivo hablar de una obra de hace un año y no
dedicarme a comentar la rentrée literaria otoñal o los coletazos de
adánicos realismos mágicos de cartón piedra. Pues no, hablo de Cúbit y
de Vicente Luis Mora porque es de lo mejor que he leído en los últimos años.
Por eso y porque me da la gana hablar de buenas novelas y no de refritos,
remakes de espadachines o de inanes novelas lineales.
Cúbit
es complicada o, como advierte Vila-Matas, una de esas obras «que se inscriben
en una tradición más compleja de construcción de historias». La complejidad de Cúbit
radica en las múltiples tradiciones literarias con las que conecta. Es distopía
y es fantasía; es metaficción y narración fragmentada; es un diario a múltiples
voces o un sistema epistolar. Conecta con clásicos de la fantasía y lo
(aparentemente) distópico: Fahrenheit 451 de Bradbury, 1984 de
Orwell o los mundos posibles de J.G Ballard. Y al mismo tiempo asistimos a la
crítica de lo actual, de la sociedad que vivimos hoy a pesar de que el autor se
ha cuidado de no temporalizar la trama.
Por eso digo
que Vicente Luis Mora es escritor complicado. Porque se ha abstenido de usar un
patrón, una fórmula o un molde desgastado. Al contrario, Cúbit es una
estructura de múltiples referentes y variados estilos. Mora ha hecho aquello
que dijo el gran Torrente Ballester mientras escribía Fragmentos de
Apocalipsis, «como no quiero repetirme ni siquiera en mis trucos, me está
dando bastante trabajo.» Es lo que ha hecho Vicente Luis Mora en su novela,
tomarse el trabajo de construir algo complejo.
Pero no se
engañen, la complejidad de Cúbit no implica complicación de lectura. Al
contrario, el lector inspirado enseguida conecta con la estructura y se deja
llevar por la maestría del autor y las voces de los personajes que, al ser
múltiples usan registros y estilos variados, diferentes discursos y
contrapuestos puntos de vista. El mundo creado en Cúbit es el nuestro, de
ahora o de quién sabe cuándo, pero parece cercano, inmediato, aquí mismo.
¿Y de qué
trata Cúbit? De nosotros, de los humanos y de lo que ya no tenemos de
humanos, aquello que hemos perdido —entregado, más bien— por el sumidero del
algoritmo y de la tecnocracia excesiva. Cúbit, (AKA quantum bit) el
personaje, es—se presenta como— una niña rara, fea, animalesca y, a la vez,
ligera, inteligente, cosmológica y cuántica, claro. Cúbit es (o no es) todo lo
que los humanos debiéramos haber sido. Todos deberíamos querer ser Cúbit. Y,
Alcio, el (otro tanto) protagonista, este sí humano deshumanizado hasta que se
cosca de lo mal que vamos los humanos, se pasa al lado de Cúbit (de los itrios,
humanos ancestrales) y la ayuda a escapar de Ibris, el (lo, la, le) malo
malísimo, este sí, deshumanizado por “maquinavélico” y construido e
instruido por humanos indigentes mentales.
Pero eso no es
lo principal en Cúbit, la novela. Lo fundamental es que nos da una
oportunidad de repensar nuestra condición de humanos descarriados y
descarrilados. La novela de Vicente Luis Mora, en esa línea directa con los
clásicos de la premonición acertada (Orwell, Huxley, Bradbury), se entronca y
enreda, también con los clásicos de la pura ficción. Porque lo acertado de la
estructura que crea Mora en Cúbit, es no dar por sentada una verdad
verificable, grávida, segura, sino, mediante la compleja red de voces presentes
en el texto (y sus diversos estilos-géneros-discursos), llegar a hacer eso que
sugería Juan José Saer cuando hablaba de que «la ficción podría ser definida,
de modo global, como una antropología especulativa».
En esta novela
hay mucha literatura, mucha ficción y gran afición a narrar bien. Hay poesía,
hay ensayo, hay ciencia e incredulidad, hay crítica y humor. Y de eso sólo se
dará cuenta el lector si presta atención al viaje. Y si tiene que volver al
principio y atravesar la historia de nuevo se percatará de nuevos significados,
pues el autor ha compuesto un dispositivo de estructura multisignificante.
Requiere esto, eso sí, de lectores que no sean aficionados a lo que yo llamo novela
de tobogán, esa en que el lector (o lectora) atraviesan a toda prisa su
recorrido, sin ser afectados por las palabras, pues resbalan como el metal.
Mejor le irá al lector adepto y adicto a aquellas novelas de tipo tren de la
bruja, en que el lector sale del viaje cambiado y sabiendo que una nueva
—repetida, releída— travesía le concederá nuevas sorpresas.
Entonces, sí,
la novela de Vicente Luis Mora es del pasado año, pero debiera estar en boca de
todos ahora, al menos de todos los que gustan y degustan la buena literatura.
Es una novela para leer cada año y quien no la haya leído (mea culpa hasta hace
unas semanas) se perderá una pieza fundamental de la literatura en español,
algo muy por encima de la birriosa realidad de lo que se publica para los
lectores de tobogán.
Y, para
terminar, una advertencia. En Cúbit se podría entrar por diversos
caminos o atajos. No en vano es una construcción cuántica que no responde a la
materia subatómica que conocemos. Lo propio es entrar por el principio, pero
bien se podría hacer al revés, adentrarse por el final. O hagan ambos intentos,
se divertirán, pues eso es Cúbit, un excelente juego literario.










